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Investigación y Progreso: La ética de la vida ante el reto tecnológico.

Santiago Fernández-Burillo Doctor en filosofía. Máster en bioética


Conferencia pronunciada dentro del ciclo “Tecnología y vida humana”, Institut d’Estudis Ilerdencs, Lleida (Lérida, España), 28 de marzo de 2000.

El título pudiera sugerir una secuencia automática: se pone investigación y se saca progreso. Sin embargo, el progreso no deriva así del conocimiento de las leyes naturales. El progreso no es la consecuencia “natural” del conocimiento. El progreso no es natural, sino voluntario. En la naturaleza no hay progreso, sólo repetición constante de unas mismas secuencias o ritmos. Por otra parte, se debe preguntar por el significado preciso del concepto de “progreso”. Se ha hecho un mito tan grande de esa idea que se impone la tarea de separar mito de realidad; sólo así podremos pensar el progreso como una de las formas en que el tiempo juega a favor del hombre. Por fin, tenemos que pensar algunas situaciones concretas, como la conservación de embriones humanos vivos, congelados, con el fin de usarlos para experimentación y luego destruirlos. Este hecho -conocido en parte, pues en España no hay informes oficiales actualizados- puede servir como modelo, o referencia, para formar un juicio ético sobre otros hechos análogos, así por ejemplo, la producción de embriones con el solo fin de experimentar y luego destruirlos, que afecta a la puesta al día de técnicas y conocimientos básicos sobre células madre embrionarias, o a la llamada “clonación terapéutica”, etc. Pues bien, se trata de examinar si suponer que tal tipo de hechos se ampara en la “libertad de investigación” es, o no, una falacia.

Se divulgan sólo algunos hechos, a veces “hechos consumados” que contradicen la legislación vigente, pero se echan en falta informes detallados sobre los sobrantes de los centros de Reproducción Asistida y de las clínicas abortistas. Sin embargo, se divulgan falacias que entorpecen la formación del juicio serio sobre asuntos sociales. Eso es grave, porque al advertir absurdos e injusticias, nos preguntamos espontáneamente ¿qué puedo hacer yo para contribuir al mejoramiento social? Ordinariamente concluimos que no se puede hacer nada, por eso casi nadie se propone hacer nada. Es muy malo que las aportaciones más desinteresadas se pierdan por obra de la ocultación de datos y la divulgación de falacias y términos lingüísticos ambiguos. En un mundo complejo y desorientado, es un mal objetivo esa traslación de la crisis social al interior de las conciencias, mediante la insinuación de un fatalismo que hace concluir, precipitadamente, que no se puede hacer nada y aparta a muchos de contribuir al bien común. Ahora, si mostramos que la opinión pública es más importante que la ciencia, en orden al progreso, habremos removido un obstáculo. En la esfera social sí se puede y debe hacer algo.

Progreso y liberación del tiempo

Nos interesa, pues, cómo la ciencia y la técnica son requeridas por la industria y el mercado. Sería llamarse a engaño olvidar que la técnica es un asunto mercantil, laboral, jurídico y político; también el progreso. No cualquier logro técnico es un progreso, a veces se convierte en retroceso. El progreso consiste en la forma de apropiarse socialmente ese invento. Pongamos un ejemplo: la imprenta fue un invento, pero el progreso consiste en que la gente lea libros, también es progreso el mercado, la industria del papel, la editorial, etc.; pero el mercado y la industria del libro no se justifican por la mera creación de empleo, su razón de ser es la lectura. Se esboza así un orden de medios y fines. Tan pronto como un fin se ha logrado, se convierte en medio para nuevos fines. La imprenta fue un medio para la invención del periódico, del libro de texto, del proyecto enciclopédico, etc., y antes, el invento del alfabeto fue el medio que haría un día posible la imprenta, y así en otros casos.

Esa relación de medios y fines se debe tener presente siempre. Insistamos en el ejemplo de la imprenta. Antes de Gutenberg, el lector debía ir hasta el libro; los escritos eran escasos y muy caros, se elaboraban a mano y muchos de ellos se conservaban en bibliotecas de centros monásticos, en un medio rural mal comunicado; de ese modo, el libro era en cierto modo un fin: el fin de un viaje, de una búsqueda y uso restringidos. Por eso mismo, la habilidad de leer y entender la lengua en que estaban escritos quedaba automáticamente limitada a unas pocas personas. En suma, porque el libro era un fin, de acceso difícil, el analfabetismo era su correlato social ordinario. Por el contrario, la producción de libros en serie posibilitó la inversión de esa dinámica; ahora el libro podía llegar al lector o, lo que es lo mismo, la capacitación para leer y los frutos de la lectura se convirtieron paulatinamente en adquisiciones sociales, la ilustración traería consigo la creación de la opinión y la educación pública, la instrucción pública iba a aparecer como efecto de la apropiación social del libro. Con este ejemplo se evidencia que el progreso consistió en la universalización social de la lectura y del acceso al conocimiento, es decir, en la apropiación social del libro. A su vez, el progreso hizo que el libro dejara de ser un fin, para convertirse en medio. Lo que permite evaluar ese proceso como progreso, y no como retroceso, son las personas o los lectores, la universalización del acceso al conocimiento.

El tema del progreso derivado de la ciencia se enmarca en la preocupación general de “humanizar la técnica”. Hay una llamada de atención en el movimiento bioético del último tercio del s. XX: es preciso humanizar la ciencia, la técnica y, por tanto, se reconoce implícitamente que son capaces de deshumanización, y han sido ya usadas contra la humanidad. El marco general es pues la consideración de los medios. ¿Están los medios de la vida humana, hoy, claramente ordenados a servirla? ¿Dominamos los medios, o nos dominan?

Hablar de los medios de la vida humana es mencionar la cultura. Pues la cultura se debería considerar como el conjunto de los medios de la vida humana (ideales y materiales). La cultura otorga unidad y coherencia a la vida social. Ahora, la vida humana es social, la idea de humanidad individual es un mito. El individualismo creó en los siglos XVII y XVIII el mito del buen salvaje, el retrato imaginario del hombre en estado de naturaleza pura, etc., pero ese mito no se corresponde con ninguna observación ni experiencia histórica. No existe vida humana sin sociedad ni cultura. Luego la cultura es vital. Los hombres no vivimos tanto en el cosmos, como en la cultura, ésta es el mundo humano. “Hoy el hombre no vive ya en la naturaleza sino que está alojado en la sobrenaturaleza que ha creado en un nuevo día del Génesis: la técnica”1. La cultura tiene condición de medio, pero no medio único; en ella hay niveles, de manera que cabe considerar los niveles superiores de la cultura como fines; son ideales y valores que unen a los hombres en empresas comunes. Cuando este nivel superior de la cultura es compartido tenemos una sociedad cohesionada.

La cohesión y el progreso no son necesariamente contrarios. Al revés, la cohesión que resulta de compartir unos mismos ideales y valores es imprescindible para la apropiación del progreso técnico. En caso contrario, la experiencia enseña que el avance en el dominio de la naturaleza se traduce siempre en nuevas formas de dominio de unos hombres sobre otros. “Lo que llamamos el poder del Hombre sobre la Naturaleza se revela como un poder ejercido por algunos hombres sobre otros con la Naturaleza como instrumento”2.

En mayo del 1968 la protesta estudiantil colapsó París; estaba inspirada en ideas que provenían de la Universidad de California (EEUU), y de la crítica de la sociedad capitalista. El inspirador principal era Herbert Marcuse (1898-1980), filósofo neomarxista que propuso una utopía hedonista para la sociedad de consumo. Su proyecto era la liberación total de imposiciones éticas y del trabajo alienado; era preciso ante todo liberar al individuo de la necesidad del trabajo, de su carácter obligado y penoso. La liberación sería posibilitada por el capitalismo de mercado, según el modelo americano; se debía soñar con un futuro en que el individuo gozara y trabajaran las máquinas. La alienación laboral sería transferida a la máquina, mientras los bienes serían disfrutados igualitariamente por los individuos. Treinta y tantos años después, sólo cabe constatar que la dependencia, la falta de libertad, respecto a la dimensión laboral de la vida no ha desaparecido, sólo se ha transformado invadiendo ámbitos que la gente desearía poseer para sí misma, para la convivencia, la familia, la amistad, etc. Se trabaja para trabajar, para colocarse mejor, para ascender, y en consecuencia el tiempo libre se esfuma: la sensación de ir apretados de tiempo, parece haber aumentado en paralelo con el desarrollo de los medios técnicos. La gente usa el fax, el teléfono móvil, el correo electrónico, etc., sin superar la sensación de agobio. Si habíamos sonreído ante la imagen del gerente que atendía a la vez varios teléfonos en la mesa de un despacho, un individuo que parecía mandar mucho y era “un mandado”, hoy por todas partes se ven individuos que caminan o conducen el coche dando noticias u órdenes por ese “mando a distancia” que es el móvil.

La sensación de agobio, de tiempo atado a necesidades en las que no se goza, es generalizada; multitud de estudiantes y profesionales se afanan para aprender inglés, informática y otras habilidades de las que esperan una mejora laboral o una colocación; de este modo al tiempo alienado se le añade el sinsentido de un cierto proceso al infinito en la mejora de medios que sirven para otros medios, con el fin de obtener empleo o salario, para llegar al fin de semana o las vacaciones de Semana Santa, etc. Estamos hablando de medios y de medios que no son queridos por sí mismos. Cuando por fin se llega al ocio, al tiempo libre, con frecuencia se descubre que se quiere hablar del trabajo y se desea volver a él, porque no se sabe qué hacer, tal vez sobreviene el aburrimiento.

Ya trabajan las máquinas, trabajan más que nunca y con mayor rapidez, eso es fruto innegable de descubrimientos teóricos e inventos o aplicaciones técnicas, pero no se ha logrado la mejora humana que suponía Marcuse, todavía está lejos el estado de felicidad general.

Es innegable que los ordenadores y la telefonía por satélite son avances objetivos, pero también parece claro que el progreso consistirá en apropiarnos esos inventos sin que conlleven dificultades e inconvenientes mayores. Trasladémoslo a los avances médicos y farmacológicos; la vida humana se ha alargado, eso es un progreso. Pero se plantea la eutanasia, porque aparece el aborrecimiento de la vida ante las dificultades y el dolor; además hay quienes se preguntan si será razonable mantener a tantos ancianos que gastan y no producen, mantenerlos incluso cuando enfermen y sufran. Se ha infiltrado en la manera de hablar contemporánea la expresión: “vidas que no merecen ser vividas”. Estas expresiones y perplejidades revelan que el progreso está incompleto.

Arreglo, progreso y crecimiento

Consideremos ahora al progreso como forma de ganar tiempo. El transcurso del tiempo desgasta, arruina a los sujetos. En ese sentido, todo tiempo es tiempo perdido. Pero hay otra posibilidad, usar el tiempo para recuperar o mejorar, en ese caso el tiempo es ganancia, pues opera a favor de quien lo usa ganando algo, ya que cuanto más tiempo pasa más gana. Pues bien, caben tres maneras de ganar tiempo: el arreglo, el progreso y el crecimiento3.

Arreglo es reparar los desperfectos o los desgastes naturales que lleva consigo el paso del tiempo. Se trata de una obligación penosa y constante. Pensemos en el lamento del ama de casa que invierte toda la jornada en preparar una comida consumida en poco rato… ¡cada día volver a cocinar y a limpiar! Hay que reparar los desperfectos en el entorno o en nosotros mismos pero sin la garantía de que no se vayan a producir de nuevo. El arreglo mira al decoro y a la duración, pero no garantiza que no se vayan a reproducir los mismos gastos o desperfectos; está en la naturaleza de las cosas el desgaste.

El progreso tiene que ver con el orden social, es decir, con el mundo humano, el cual hemos dicho que es un plexo de medios jerarquizados. Sigue una regla general: convertir en medios el mayor número posible de fines; cuando un fin se convierte en un medio, nuevos fines se hacen accesibles desde él. A la inversa, si un medio se convierte en un fin, ya no se puede dar por supuesto, sino que es preciso defenderlo, entonces se retrocede, lo que era ya un medio se vuelve a ver como fin.

El retroceso tiene que ver con la desconfianza, hija de la crisis de convicciones y de consenso sobre lo fundamental. En lugar de progreso hay retroceso en aquellos climas en que uno deshace lo que otro hizo, cosa frecuente en las organizaciones burocráticas. La burocracia tiende a convertir en fin lo que sólo es un medio. La administración de los recursos y procedimientos es, para los administrados, simple cuestión de medios, pero para los administradores (burócratas, políticos) es su prestigio y empleo. Por esta causa lo burocrático frena. El retroceso también suele tener relación con una concepción celosa del poder, cuando se quiere el poder para tener poder y evitar que otros puedan. Eso origina prácticas en las que el liderazgo se ve obstaculizado o suplantado por la intriga. Esas situaciones sólo son posibles si hay crisis de convicciones, es decir, cuando el lado espiritual de la cultura no es firme, lo que desencadena la desconfianza y entorpece muchísimo la cooperación. Se ve, pues, que el progreso no depende sólo de los conocimientos científicos y técnicos; se requiere la capacidad social de apropiarse los resultados. Ahora, el lado inmaterial de la cultura, los valores, lo facilita o entorpece.

No obstante, el hombre es homo faber no sólo por hacer cosas valiéndose de instrumentos, sino sobre todo porque fabrica instrumentos con instrumentos; en efecto, hacer medios nuevos con los medios disponibles abre líneas de mejora, ofrece innovaciones y oportunidades aprovechables. Pero eso también significa que por el lado de los instrumentos mismos (la técnica), el progreso permanece abierto, es un proceso al infinito y, en consecuencia, carece de sentido en sí mismo. Ahora, el sentido se asigna desde fuera de la técnica, desde el lado de los valores. Si éstos no son compartidos, sino objeto de disputa, el progreso técnico se impone como victoria ideológica y parece venir a justificar la violencia. Entonces aparecen las víctimas como el precio que se debe pagar por el progreso. Se cuenta que se entrevistaron Haile Selassie y Mao Tsé-Tung, el dirigente abisinio preguntó al chino cuántas víctimas había costado la revolución. -“Cuarenta y tantos millones”, dijo Mao. -“¡Más que todos los habitantes de mi país!”, exclamó Selassie. -“Sí, pero en China eso sólo es un pequeño porcentaje”, concluyó Mao.

Es pertinente observar que, si no existe un absoluto (de ser y de valor), entonces tampoco los razonamientos que versan sobre medios y fines podrán jamás lograr convencer a las partes en diálogo. La filosofía personalista establece que el ser personal tiene ese carácter de valor absoluto y se vincula con el ser humano, con el ser como tal, esto es, prescindiendo de lo que este ser “tiene” (salud, juventud, conciencia, etc.). Por el contrario, donde no haya un fin que no pueda ser nunca considerado medio, la razón práctica será inútil. Dicho de otro modo, la razón claudicará y dejará el paso expedito a las diversas formas de violencia, como la ideología y los intereses económicos, que se valen de recursos sólo en apariencia racionales, es decir, del uso meramente persuasivo, o manipulador, del lenguaje y de los instrumentos de creación de opinión pública. De este modo, se debe considerar que cualquier forma de relativismo -esto es, de negación explícita o implícita de un fin que nunca puede ser tomado como medio- tiende a suprimir la vigencia de la razón, que será reemplazada por la fuerza.

El progreso ha sido la categoría típica de la modernidad. Se hizo de él un ideal, una fe. Si tomamos en cuenta además el uso y abuso del concepto en el discurso ideológico, el progresismo, se comprende que su sentido se haya desdibujado. A. Comte (1798-1857), por ejemplo, consideró al progreso como el ideal moral de la Humanidad, el bien supremo. Pero eso era una evidente exageración, porque decir progreso es decir algo que está siempre inacabado, en curso, por lo tanto resulta contradictorio convertirlo en meta suprema. Si el bien supremo está en marcha y llamado a incrementarse sin parar, entonces no hay bien supremo alguno. Ese tipo de equivocaciones son más serias de lo que parecen.

Más acá del mito del progreso, ¿cómo funciona el progreso real? Su origen está en el ahorro y la inversión. Es el capital. No nos limitamos al arreglo, a reponer fuerzas, sino que un excedente se reserva y realimenta el trabajo. La capitalización otorga posibilidades de acción. Eso inaugura una idea de tiempo vector, distinto del tiempo cíclico del reponer y arreglar. Se trata de acabar con la escasez de bienes materiales; pero el capital no funciona igual en todos los grupos humanos, mientras unos controlan el tiempo del progreso, los demás se ven forzados a sumarse a él. Además el tiempo del progreso usa la previsión, habla de plazos cortos, medios, largos. Se programa el progreso, desde la previsión del término. Pero la previsión es del futuro, luego si el tiempo del progreso se apoya en el futuro, se apoya en el saber, ya que el futuro sólo existe en el conocimiento. De ahí que capital y ciencia sean inseparables: el futuro sólo puede anticiparse en la inteligencia.

¿Cuál es el problema del tiempo del progreso? La integración social de los bienes que origina. Por eso la sociología debe estar atenta al cambio, no puede quedarse anclada en categorías de veinticinco o cincuenta años atrás. El cambio social en la segunda mitad del s. XX se ha operado en la dirección de un creciente acceso a los bienes. Las masas proletarias se han ido convirtiendo en clase media, los problemas del salario de subsistencia se han ido remplazando por los problemas de los consumidores.

El progreso apunta a la desproletarización; se desproletariza la sociedad mediante la extensión del consumo y el acceso a la cultura. Esos son los dos factores del progreso, hemos dicho, el ahorro y el conocimiento que posibilita la previsión. Pero si nos quedamos sólo en el acceso al consumo, tenemos una nueva forma de masificación y despersonalización, con ella aparece la cultura de masas y ésta se va separando de la cultura superior. La cultura de masas representa una catarata de información degradada, a expensas de medios de masas de frecuente mal gusto y carentes de criterios racionales de elección: se tiene acceso a todos los datos, pero no se sabe discernir, no se integran los conocimientos. Las masas quedan como campo de experimentación de la publicidad, las solicitaciones emocionales inmediatas, el mercado, el poder y los dueños de empresas de TV. “La extensión de la cultura no es solamente un capítulo del desarrollo social, sino una dimensión primordial del progreso. Es un objetivo corto pretender terminar la lucha de clases con la nivelación de las rentas. El aumento de las clases medias no tiene un valor estático, conservador. Desde luego, la integración de los grupos sociales requiere el aumento de la clase media. Pero la última virtualidad de ese aumento es incrementar la actividad social”4. Si bien el consumo tiende a masificar, la cultura superior, por otro lado, organiza y lleva la iniciativa.

La cultura de masas da lugar a un tipo humano instalado en la petulancia, que no percibe el sentido de los altos ideales y mide sus intereses solamente por su carácter de consumidor. Vale la pena citar aquí por extenso una página de Ortega que no ha perdido validez con el paso del tiempo:

“Por lo menos en la historia europea hasta la fecha, nunca el vulgo había creído tener “ideas” sobre las cosas. Tenía creencias, tradiciones, experiencias, proverbios, hábitos mentales, pero no se imaginaba en posesión de opiniones teóricas sobre lo que las cosas son o deben ser…
“(…)
“Pero ¿no es esto una ventaja? ¿No representa un progreso enorme que las masas tengan “ideas”, es decir, que sean cultas? En manera alguna. Las “ideas” de este hombre medio no son auténticamente ideas, ni su posesión es cultura. La idea es un jaque a la verdad. Quien quiera tener ideas necesita antes disponerse a querer la verdad y aceptar las reglas de juego que ella imponga. No vale hablar de ideas u opiniones donde no se admite una instancia que las regula, una serie de normas a que en la discusión cabe apelar. Estas normas son los principios de la cultura. Lo que digo es que no hay cultura donde no hay normas a que nuestros prójimos puedan recurrir. No hay cultura donde no hay principios de legalidad civil a que apelar. No hay cultura donde no hay acatamiento de ciertas últimas posiciones intelectuales a que referirse en la disputa. No hay cultura cuando no preside a las relaciones económicas un régimen de tráfico bajo el cual ampararse. No hay cultura donde las polémicas estéticas no reconocen la necesidad de justificar la obra de arte. “Cuando faltan todas esas cosas, no hay cultura; hay, en el sentido más estricto de la palabra, barbarie. (…) El viajero que llega a un país bárbaro sabe que en aquel territorio no rigen principios a que quepa recurrir. No hay normas bárbaras propiamente. La barbarie es ausencia de normas y de posible apelación”5.

Resumiendo, el progreso tiene naturaleza cultural y social. Se origina en el ahorro y los proyectos racionales, científicos. La realización del proyecto contribuye a elevar el nivel de la vida humana si convierte lo que ayer era un fin en un medio para los logros de mañana. Por fin, esto significa innovación e integración de la innovación en un orden social que haga acogedora la vida humana. Esto es la convivencia.

Hay un tercer tipo de temporalidad aprovechada, crecer. Su forma mínima es el crecimiento orgánico. Muy por encima de este, existe crecimiento cognoscitivo y espiritual.

Crecer es más que reproducirse o aumentar, es génesis continuada de la individualidad 6. Aristóteles observó que es más perfecto ser capaz de crecer que sólo de reproducirse; son superiores los organismos que no se limitan a crecer para replicarse, sino que crecen para diferenciarse. El individuo orgánico actúa en orden a su individualidad creciendo.

La reproducción es -ya en las plantas- la primera manifestación del predominio de la especie, la acción en que el individuo se trasciende y opera en pro de otros y de la especie. El crecimiento orgánico es actividad para la singularidad7.

El crecimiento cognoscitivo supera infinitamente al orgánico, sólo por analogía se les da el mismo nombre. El cognoscente crece porque se actualiza; es el sentido de la conocida afirmación del filósofo griego: por el conocimiento el alma se hace, en cierto modo, todas las cosas, la totalidad del ser. La actualización de la inteligencia es apertura a la universalidad de los seres, pero también es actualización de sí misma; el universo, la totalidad, es cognoscible y conocido por la actualización del inteligente. Su máxima extensión corresponde a la mayor unidad. Crecer cognoscitivamente no es acumular o multiplicar; el intelecto crece desde la unidad y para la unidad en cuanto se actualiza, más allá del conocimiento de objetos.

El alma es potencia de actos que la actualizan, más allá de los objetos, a saber, los hábitos. El crecimiento se eleva hasta lo eterno, no objetiva sino personalmente, con los hábitos de la inteligencia (ciencia y sabiduría) y de la voluntad (amor fiel). El crecimiento de hábitos es personal y apunta a la culminación de la existencia. “Por ser el crecimiento de lo espiritual en el hombre intrínseco a cada uno, se dice que la persona es insustituible, y que se ofende su dignidad al considerarla como a un número, o que debe ser tratada como un fin. Paralelamente, cuando no se tiene en cuenta el crecimiento la persona no es respetada como le corresponde; el totalitarismo materialista no sabe lo que es crecer. Pero si el crecimiento es de incumbencia de cada uno, de modo que en este punto nadie puede sustituir a otro, lo que sí es posible y, a la vez, requerido, es ayudar a crecer. Ayudar a crecer no es sólo arreglo o progreso, sino una asistencia, una aportación que el que crece paga sobradamente: nada menos que creciendo. Lo más grandioso que en este mundo cabe encontrar es un vivir humano en crecimiento. El rendimiento de la ayuda a crecer es incomparablemente mayor que cualquier inversión en el proceso progresivo del capital”8.

Observemos, de paso, que el despertar de la interioridad, el crecimiento personal, es cognoscitivo y voluntario, y no parcial sino completo. Se le llama experiencia o sabiduría y se sabe que no coincide con la especialización, ni la capacitación científica en una u otra parcela del saber. La ciencia y la técnica, en cuanto particulares, no causan directamente el crecimiento personal, aunque fomenten hábitos intelectuales. Siempre se ha planteado la pregunta acerca del “experto” (los franceses dicen le savant), ¿por qué el conocimiento de la verdad matemática astronómica, histórica, etc., no hace al conocedor simplemente sabio, es decir, humanamente bueno? Cuando se pregunta el por qué, ya se sobreentiende que a veces es al revés, ha habido conocedores, expertos y científicos, que no vivieron sabia sino neciamente; se pregunta cómo puede suceder eso, porque no deja de ser extraño que uno crezca mucho en lo que tiene de más humano, la razón, y sin embargo no mejore como hombre. El hecho tiene que ver con el carácter funcional, operativo, de los saberes que se asemejan, en eso, a otros oficios.

La ciencia es, en cierto modo, impersonal; la sabiduría es estrictamente personal. La ciencia es hábito intelectual, la sabiduría es hábito intelectual y voluntario, aúna conocimiento y libertad. Mediante una analogía, podría decirse que la sabiduría trasciende a la ciencia, más que la prudencia a la astucia. El astuto suele ser muy listo, pero malo. De modo semejante, la excelencia en un ramo de la ciencia, si no mueve al amor de la Verdad infinita, si no lleva al científico a una conciencia fina de los límites de la razón y los derechos de la Verdad eterna, hará científicos listos, pero no hombres sabios.

“Libertad de investigación”

Es actualmente un lema para reclamar independencia de la moral. La ciencia, interesada sólo por la verdad, gozaría de una impecabilidad moral innata. En 1976 se publicó por primera vez un trabajo en que el filósofo Hans Jonas (1903-1993) desmonta esta pretensión y reconduce la libertad de investigación al ámbito de la moralidad: “en el propio proceso de trabajo interno de la ciencia, se plantean cuestiones morales y jurídicas que rompen las barreras territoriales de la ciencia y han de ser planteadas ante el tribunal general de la moral y de la ley”9. La ciencia moderna, desde su inicio, se planteó fuera del ámbito de la contemplación desinteresada de la verdad, considerando que la teoría, la actividad meramente contemplativa, no era ciencia o al menos no servía ya para el moderno ideal científico. El ideal contemplativo del saber pretende alcanzar el ser de las cosas, no cambiarlo; por el contrario, el ideal moderno se orienta al dominio práctico del mundo, de tal modo que la conexión entre saber teórico y práctico, entre ciencia y técnica, lejos de ser eventual y accidental, es esencial. El primero que lo formuló abiertamente fue el inglés Francis Bacon (1561-1626), para quien saber es poder: “tantum possumus quantum scimus”, escribe, dando a entender que si los límites de nuestro poder son idénticos a los del saber, el avance de los conocimientos tendría en lo sucesivo la misión de ampliar el dominio humano del mundo. Aquel proyecto se ha convertido en una realidad y una expectativa social, nos hemos acostumbrado al dominio técnico de ciertas barreras naturales y no sólo eso, nos parece tener el derecho a que la ciencia descubra y el Estado facilite la solución de las calamidades y limitaciones que se ligan a la pobreza, la enfermedad, la muerte, etc. Ya no se busca saber por saber, sino para poder, por ello no es lícito distinguir del todo la ciencia y el poder. Así, “tan pronto como estamos ante el poder y su uso, está en juego la moralidad”10. Por eso sugerí al principio que la invocación de la libertad de investigación puede ser una falacia, una manipulación del lenguaje; lo mismo daría decir libertad de intervención. Ha desaparecido la coartada de la ciencia pura y “desinteresada” -dice Jonas-, ahora es evidente que la ciencia “entra de lleno en el reino de la acción social, donde todo el mundo tiene que responder de sus actos”11. Los valores de la ciencia y el progreso técnico se reconducen al campo de la cultura como sistema de los medios y depositaria de valores e ideales. “Mientras técnicamente hablando, sigue siendo cierto que alguien puede ser un buen científico sin ser una buena persona; ya no es cierto que el “ser buena persona” comience para él fuera de la actividad científica: la actividad misma engendra cuestiones morales incluso dentro de ese círculo sagrado”.

Conocimiento y acción están completamente ligados, las ciencias naturales modernas “surgieron con la decisión de arrancar la verdad a la naturaleza actuando directamente en ella, es decir, mediante intervención en el objeto de conocimiento. Esta intervención, que se llama “experimento”, se ha convertido en un elemento vital para la ciencia moderna”. Al principio podía bastar con operar sobre modelos de simulación que reproducían a pequeña escala el efecto real; el estudio de la materia, llevó a fisiones atómicas y otros procesos con efectos sobre la biosfera. Pero si pasamos al campo de los vivientes, la simulación a pequeña escala, o en el laboratorio, no es posible. Al experimentar sobre vivientes, no sirve la imitación, se deben emplear individuos reales sin descartar la posibilidad de su muerte; el límite de lo éticamente aceptable se puede ponderar hasta el ser humano 12. Experimentar con seres vivos, es contar con la posibilidad de matarlos; ahí tenemos un absoluto freno moral para la investigación.

Experimentación con embriones humanos

La actual tecnología genética lleva a experimentar con embriones humanos, a los que las leyes ignoran (como en EEUU y Canadá) o desamparan (en Europa). Se sabe que la vida humana comienza en el instante de la fecundación. Toda vida es un proceso continuo, cada fase del proceso es un momento de la misma; luego o cada momento de la vida humana merece el mismo respeto, o no lo merece nunca en absoluto.

En la actualidad “algunos hombres, están convirtiéndose en creadores de vida, de individuos humanos vivos (fecundación in vitro, clonación); no solo crean vida, sino que deciden quién merece vivir o morir (selección genética y aborto), y no según criterios morales, como se dice de Dios, sino en función de criterios somáticos y genéticos; además, ofrecen la esperanza de salvarnos de nuestros pecados y defectos genéticos (terapia e ingeniería genética)”. Sin debate previo, sin control ético ni jurídico, médicos e investigadores en los EEUU y Europa, se convierten en creadores, jueces y redentores de la humanidad. El autor de estas líneas lo ilustra así: “No hace mucho, en mi universidad, un médico que hacía la ronda de visitas a sus pacientes acompañado de estudiantes de medicina se detuvo ante la cama de un muchacho de diez años, inteligente y normal, salvo que padecía espina bífida. “Si hubiera sido concebido hoy -dijo el médico de modo incidental a los que le rodeaban- habría sido abortado”. Decidir quién va a vivir y quién va a morir basándose en los méritos genéticos supone ya una especie de poder divino en manos de la medicina genética. Este poder no hará más que crecer”13.

Por otra parte, la figura del embrión humano “residuo”, que se usa y se destruye, ha venido de la fecundación artificial, en orden a la cual es preciso obtener buen número de embriones, de entre los que algunos se escogen e implantan en el útero materno; el resto queda, mediante congelación, a disposición de los padres durante cinco años. Las leyes española y francesa no decían más, hasta 1999. Hay decenas de miles de embriones que nadie reclama, y en los que ahora se ve un recurso para experimentar. En Gran Bretaña, en cambio, se inventó la figura legal del “preembrión” desde el principio y la ley permite producirlos y utilizarlos para fines médicos y de investigación. Por ahora se prohíbe usarlos para clonar individuos humanos con fines reproductivos, pero está abierta la vía para clonar individuos o tejidos.

“El proceso ya ha comenzado de modo tosco con la fecundación in vitro. Pronto dará gigantescos pasos adelante con la capacidad de seleccionar embriones in vitro antes de su implantación, con la clonación y, a la larga, con la ingeniería genética de precisión. El camino que estamos recorriendo conduce directamente al mundo de los bebés de diseño: no por decisión dictatorial, sino por el avance de un humanitarismo benevolente, aplaudido por una ambivalente ciudadanía, a la que también horroriza el poder llegar a ser la última cosa fabricada por el hombre”.
“No nos engañemos: el precio que habremos de pagar por producir bebés óptimos o incluso solo genéticamente sanos será transferir la procreación del hogar al laboratorio. Solo se puede lograr un mayor control sobre el producto mediante una creciente despersonalización de todo el proceso y su consiguiente transformación en manufactura. Eso será profundamente deshumanizante, por muy buena dotación genética o salud de que gocen los niños. Y no olvidemos los poderosos intereses económicos que sin duda intervendrán; con ellos, la manipulación de la vida humana naciente será imparable.
“(…)
“”¿Dice usted que clonar seres humanos no es ético y es deshumanizador? No se preocupe: nos ayudará a tratar la esterilidad, a evitar enfermedades genéticas y a proporcionar materiales perfectos para trasplantes”. De este tenor es el informe de junio de 1997 de la Comisión Nacional Asesora de Bioética sobre la clonación de seres humanos. A pesar de recomendar una prohibición temporal de tal práctica, la única objeción moral que la comisión acordó fue que la clonación “no es todavía segura para ser practicada en seres humanos”, porque la técnica aún tiene que ser perfeccionada”. (…)
“El mismo argumento justificará inevitablemente también la producción y cultivo de embriones humanos para experimentación, revisar la definición de muerte para facilitar el trasplante de órganos, cultivar partes del cuerpo humano en cavidades peritoneales de animales, emplear cuerpos de personas recién muertas como fábricas de sustancias biológicas útiles, o reprogramar el cuerpo y la mente humana mediante ingeniería genética o neurobiológica. ¿Quién puede objetar algo si tales prácticas nos ayudarán a vivir más tiempo y con menos sufrimiento?”14.

La utopía hedonista de Herbert Marcuse era que trabajaran las máquinas y el hombre vacara en los placeres del espíritu, pero vino la era de las prisas y de la insatisfacción con el propio empleo. La utopía de algunos genetistas parece ser ahora la vida sin dolor, sin enfermedad ni muerte. No quiero pensar qué cabe temer. Prefiero señalar que la hora de la utopía sonó hace tiempo. La utopía es lo mismo que el progreso hecho mito y fe. En sustitución de la fe en Dios y sus promesas, la utopía puso la fe en el hombre y en la ciencia de la que se esperaba que en el tiempo, en el futuro, produjera un paraíso en la Tierra.

Mitificar el progreso es una simple confusión, un error filosófico, en la apartada región de la teoría pura. Efectivamente, se sacraliza el tiempo del progreso, se diviniza a la razón humana o a la ciencia, si se decide esperar sólo de ellas y del tiempo el cumplimiento de las expectativas del alma humana, la realización de nuestro natural deseo de felicidad y vida eterna. Se pone entonces en el futuro histórico una meta y se la identifica con el fin último de la humanidad. Por fin se escribe “Humanidad” con mayúscula y se sustituye el crecimiento personal en virtudes por el progreso colectivo, anónimo, en la línea del dominio material y la riqueza.

Ahora bien, todas esas sustituciones son un error, porque el progreso no da para tanto y no apunta a fines, sino sólo a medios. El progreso consiste en convertir fines en medios; pero es incapaz de crear fines. Por lo tanto, el progreso ocurre en el tiempo ideal, y va hasta el infinito, lo cual es lo mismo que decir que no va a ninguna parte ni a ninguna época. Eso es sencillamente lo reconocido, cuando se dice que la era de las utopías se ha agotado.

Banalización del mal y opinión pública

La ruina de la utopía moderna sobrevino cuando se comprobó la potencialidad mortífera del progreso. Científicos y humanistas hebreos, de diversas escuelas y tendencias ideológicas, han denunciado la facilidad con que lo más irracional se introduce e impone en la sociedad de masas moderna. El mal se ha banalizado, hoy es fácil hacer mucho mal sin malas intenciones, siendo gente normal, como la mayoría 15. Por eso, proceder de la constatación de la virtualidad neutra de los avances, a la confianza en los buenos sentimientos y la buena fe de la mayoría es, no ya superficial, sino gravemente imprudente. “La técnica puede ser buena o mala”, se dice, pero algunas sólo pueden ser malas, o bien las expectativas de que se pongan en práctica para mal se deben considerar lo más seguro. No se trata de demonizar al ser humano, sino de darse cuenta de que el consenso social, en materia de valores, se ha roto hasta el límite, hasta lo concerniente al valor de la vida humana.

Ante esto, se comprende que la verdadera trinchera, el punto más cruento de la batalla cultural no es la investigación científica, ni la amenaza de una técnica que escape a las manos humanas. Lo amenazado hoy es la misma cultura como mundo humano, eso es lo que puede resultar deshumanizado y la cuestión no es científica ni técnica, sino de valores. La batalla tiene ahora lugar en el frente de la opinión pública, el lugar donde una minoría decidida vale más que multitudes arrastradas.

¿Qué puedo hacer yo, en el mundo de hoy? Salir del anonimato, de la “cultura de masas”, cultivar el espíritu. No basta con que un universitario sepa mucho de algo para que sea una mente universal, hace falta que cultive los saberes humanísticos, la herencia civilizadora que nos une con los griegos, a través de la era de las catedrales. La opinión de los profesionales competentes, con cultura y aprecio de las humanidades y sentido moral, es la verdadera fuerza del progreso.

 

BIBLIOGRAFÍA

  1. José ORTEGA Y GASSET, Meditación de la técnica, p. 14. Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid, 1998, 5ª reimpresión.

  2. C. S. LEWIS, La abolición del hombre, p. 57; 2ª ed. Madrid, 1994

  3. Cf. Leonardo POLO, “Modalidades del tiempo humano. Arreglo, progreso y crecimiento”, en La persona humana y su crecimiento, pp. 95-111. Ed. Eunsa, Pamplona, 1996.

  4. Cfr. Leonardo Polo, O. cit., 100.

  5. José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, I, cap. 8, 124-5.